Seguimos avanzando

Un apunte muy breve sólo para comunicaros que “La caída de la casa Munroe” sigue a buen ritmo. Y como muestra un nuevo extracto.

Castillo de Valadar. Sala del trono

       Lady Dinah se sorprendió al encontrar en la sala a la princesa Melinda, la exuberante mujer de su hermano; a sus sobrinos Hackon y Harald; y a un atractivo hombre de armas de largos cabellos plateados y penetrantes ojos de color violeta que permanecía a escasos pasos del segundo de sus sobrinos.

       —Creía que querías verme a solas, hermano –bufó dedicando una mirada de reproche a Brannagh. Este se encogió de hombros. Él tampoco esperaba aquel recibimiento–. ¿Qué es tan importante como para que deba presentarme sin demora y sin la compañía de mi esposo?

El príncipe Roland tuvo que hacer un esfuerzo para no levantarse del trono y abofetearla por el tono irrespetuoso y descarado que lady Dinah había empleado para dirigirse a su persona. Aunque fueran hermanos, él era su príncipe. Había que guardar el protocolo.

       —¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo? Pasaré por alto tu impertinencia por esta vez, hermana –empezó a decir con aspereza–, pero lo que no estoy dispuesto a perdonar son las actividades indignas de la futura esposa de mi hijo Harald, igual que no te perdonaré jamás que hayas permitido que el compromiso siguiera adelante cuando sabías que tu hija tenía un amante.

       —¡Roland! –exclamó lady Dinah sorprendida por la revelación.

       —¡Silencio, mujer! –ordenó el príncipe poniéndose en pie y andando hasta estar frente a ella. El gigantesco tamaño del príncipe Roland la hacía parecer insignificante, pero, lejos de asustarse, lady Dinah le devolvió la mirada con orgullo en actitud desafiante–. Vais a emprender el regreso a las Highlands de inmediato. Alegarás que tu hija se siente indispuesta y por eso has decidido postergar el compromiso. No es preciso decir que el enlace nunca se celebrará. Ya buscaré a alguien más digno para casarse con mi hijo.

Lady Dinah se sentía acorralada y traicionada. No pudo evitar pensar en el dolor que la noticia iba a producirle a su esposo y en las consecuencias de este desprecio. Lord Pavel, como buen highlander, no era un hombre que olvidara un insulto viniera de quien viniera. Finalmente sintió como le fallaban las fuerzas y se le quebraba la voz al postrarse de rodillas y dirigir una mirada de auxilio a su cuñada.

       —¡Princesa Melinda, vos sois madre como yo! ¡Os lo suplico! –comenzó a implorar.

       —Mi esposo ya ha emitido su dictamen –replicó Melinda en un tono duro y carente de compasión–. Debéis asumir las consecuencias de los actos de vuestra hija.

       —Y ahora quiero que desaparezcas de mi vista –sentenció Roland sin demostrar el menor atisbo de clemencia.

El capitán Brannagh la ayudó a incorporarse y a salir del salón del trono dejando atrás a la cruel comitiva. Lady Dinah estaba desolada por la suerte de su hija.

Antes de que empezaran a bajar las escaleras escucharon la voz de la princesa Melinda.

       —Lady Dinah –la hermana del príncipe Roland se giró hacia ella con lágrimas de rabia recorriendo sus mejillas.

       —¿No habéis tenido suficiente? –le recriminó lady Dinah.

       —Siento mucho lo que ha ocurrido, pero nada podía hacer para ayudaros –admitió con sinceridad. Melinda apreciaba a lady Dinah y no había sido su deseo hablarle en un tono tan duro–. Lo lamento de veras.

       —Ni siquiera lo habéis intentado –le reprochó lady Dinah sin esconder su rencor–. Mi hermano os hubiera escuchado, pero no habéis movido ni un dedo por mí, lo que me hace pensar que tanto vuestro miserable hijo Harald como vos habéis tenido algo que ver en todo esto. Guardaos vuestra falsa misericordia y dejadme en paz.

       —Mi hijo Harald y yo jamás haríamos nada intencionadamente para herir a vuestra familia –replicó la princesa.

       —Espero que llegue el día en el que sufráis el mismo castigo que yo de esa hiena a la que llevasteis en vuestro vientre. Viviré para ver vuestra caída y la de mi hermano. ¡Lo juro por los dioses!

Tras decir sus últimas palabras, lady Dinah le dio la espalda y empezó a bajar las escaleras. Agarrada del brazo del capitán, no se detuvo hasta llegar a sus aposentos.

       —¿Queréis que avise a vuestra dama de compañía para que empiece a preparar el equipaje? –preguntó Brannagh–. Si lo deseáis, puedo buscar a vuestra hija y prepararlo todo para partir de inmediato.

       —No me importa cómo lo consigas o a quién acudas para hacerlo, pero necesito que te encargues de algo por mí.

       —Lo que deseéis, mi señora.

       —Quiero ver muerto a mi sobrino Harald. Quiero que sus padres lloren su muerte y sientan la misma amargura que me han causado. Solo entonces podré descansar tranquila.