Un pequeño adelanto.

Tal como ya os habíamos avisado “La caída de la casa Munroe” es una realidad cada vez más cercana. Hoy os adelantamos el prologo. Esperamos que os guste!!

PROLOGO

Anglia. Región de las Highlands. Posada de “El Cordero Degollado”

       El invierno parecía querer despertar antes de tiempo en aquella aislada comarca del norte de las Highlands. La fría ventisca, unida a la incesante lluvia, había dejado casi impracticables los embarrados caminos de tierra. Esa era la causa de que no se prodigaran las visitas en la posada del viejo Linus. Que la casa Darkblade, debido a su conflicto con los wolfsfalos, hubiera obligado recientemente a alistarse a cientos de aldeanos en sus milicias no ayudaba precisamente a que la gente del pueblo se animara a salir de sus casas. Por si fuera poco, la Luna se había teñido de un amenazante y extraño color rojizo. Tal acontecimiento había levantado suspicacias entre la población local. Por eso no era de extrañar que apenas hubiera parroquianos aquella noche.

La Luna no augura nada bueno —dijo en voz alta Dagwalus, un primo lejano del posadero y uno de los miembros más ancianos del clan Maxwell rascándose la escasa mata de pelo canoso que le quedaba.

A sus ochenta años ya empezaban a fallarle los sentidos y a duras penas era capaz de valerse por sí mismo. Linus se había hecho cargo de él por humanidad cuando el viejo perdió a su último hijo dos años atrás.

       —No seas cenizo, anciano –replicó Nolus, un robusto leñador que, junto a su hermano, era de los pocos clientes habituales del local–. Siempre estás igual. Te toca tirar, hermano.

Cameron recogió los dados en el cubilete de cuero dispuesto a continuar la partida.

       —¡Un siete! –exclamó con satisfacción–. Te corresponde pagar otra ronda, Nolus. Hoy es mi día de suerte. ¡Linus, pon dos cervezas más!

El posadero llenó las dos jarras y las dejó encima de la barra.

       —¡Brenda! –gritó Linus al percatarse de que nadie salía de las cocinas–. ¿A qué estás esperando para servir a nuestros clientes?

Una muchacha rolliza de cabello rubio asomó con rostro malhumorado amamantando a un recién nacido.

       —Estoy dándole de comer al niño, padre.

       —¿Dónde está tu hermano? –preguntó el posadero–. Dile que deje de holgazanear y baje ahora mismo.

Enseguida apareció un muchacho escuchimizado que hacía pocas lunas había cumplido los ocho años.

       —¡Vamos, Graham, corre a servir la mesa!

       —Sí, padre —respondió el chiquillo obediente justo cuando un hombre envuelto en una pesada capa irrumpía en el salón principal de la posada. Todos los presentes repararon en los colores del tartán del recién llegado: pertenecían a la casa Munroe, antiguos regentes de las Highlands caídos en desgracia años atrás tras ser acusados de alta traición.

       —¿Sería mucho pedir que le sirvieras una jarra de cerveza a un viejo amigo? –dijo el hombre. Era alto, calvo y desgarbado. Una horrible cicatriz afeaba de su cabeza.

Todos conocían a Brannagh el Calcinado, un bardo forajido perteneciente a la Hermandad del Cerro Negro.

       —No queremos problemas, Brannagh –advirtió el posadero–. Te pondré esa jarra, te la beberás, y te largarás para no volver a pisar mi local. ¿Entendido?

Al escuchar el llanto del nieto del posadero Branagh esbozó una sonrisa siniestra.

       —¡Brenda, Graham, volved a las cocinas! –ordenó el viejo Linus con cara de pocos amigos–. Vamos a cerrar enseguida.

       —Enhorabuena, Linus. No sabía que hubieras sido abuelo –comentó Brannagh sin darse por aludido–. Harías bien en esconderlo. Nadie está a salvo de lo que ha de venir, y mucho menos los recién nacidos.

       —¿Cómo te atreves a venir a mi casa a amenazarme? –rugió el posadero.

       —No es una amenaza, sino una advertencia de un amigo a uno de sus antiguos compañeros de armas –lo corrigió. Todos los presentes dirigieron su mirada al posadero con cara de sorpresa–. Lamento que hayas malinterpretado mis palabras. Jamás haría nada que pusiera en peligro a tu familia.

       —Lo estás haciendo al entrar en mi taberna –objetó Linus. Bajo ningún concepto deseaba airear su pasado. No eran buenos tiempos para hablar de ciertos temas–. Si alguna patrulla se presentara ahora mismo podrían relacionarme contigo.

       —¡Guau! ¡Tú eres Brannagh el Calcinado, uno de los hombres de confianza de Kate Munroe! –exclamó entusiasmado el hijo menor de Linus, el único que no parecía haberse percatado del comentario sobre el pasado oscuro de su padre.

       —¡Maldito mocoso! ¿Es que has perdido la cabeza? –le reprochó el posadero–. Está prohibido hablar de los Munroe. Podrían acusarnos de alta traición.

       —¡Los Munroe no son traidores! –protestó el pequeño–. ¡Son héroes que defienden al pueblo!

Brannagh rompió a reír ante la audacia del muchacho.

       —¡Graham, cállate! –el posadero estaba consternado por la falta de juicio de su hijo–. Brannagh, márchate, te lo suplico. No tengo nada en contra de tu causa, pero no quiero poner en peligro a mi familia.

       —Te entiendo, Linus –concedió Brannagh–. Me tomaré esa cerveza y después me marcharé. Te lo prometo.

El posadero dudó unos instantes antes de decidirse a servirle. Brannagh asintió con la cabeza, agarró la jarra, y de un trago apuró la mitad de la cerveza.

       —¡Excelente! ¿Es de cosecha propia?

  —Brannagh, tú estuviste presente cuando destruyeron el castillo de los Munroe, ¿verdad?

El posadero se disponía a protestar ante la impertinencia de su hijo, pero Brannagh se anticipó.

    —Así es, chico –reconoció–. ¿Te gustaría que te contara cómo ocurrió?

     —¡Sí, sí! –admitió Graham.

     —No importunes más a nuestro cliente –le regañó su padre–. Además, tienes que terminar tus tareas en la cocina.

    —No me molesta –aseguró Brannagh–. Tu hijo es valiente e inteligente. Un pueblo que olvida o ignora su pasado está condenado a repetir los mismos errores a lo largo de su historia. Es bueno que el chico sepa la verdad.

Al posadero no le pasó desapercibida la curiosidad y atención que la escena había despertado entre su reducida clientela. Aun así, no se atrevió a contrariar al forajido y decidió guardar silencio.

    —Hubo un tiempo en el que se nombraba la casa Munroe con orgullo y sin temor –comenzó a decir Brannagh en tono pausado–. De hecho, gozaban de gran reputación en todo el imperio auriano. Incluso llegó a haber un comandante de la guardia normidona que portaba ese apellido –Brannagh hizo una pausa para tomar otro sorbo de cerveza antes de continuar narrando su historia–. ¿Sabías que Dinah, la mujer de lord Munroe, era hermana del príncipe Roland Darkblade?

El muchacho asintió con la cabeza, expectante.

       —Lo cierto es que su grado de parentesco con la casa regente de Anglia no detuvo la mano del príncipe a la hora de aplicar lo que ellos llaman justicia –el bardo no trataba de disimular su desprecio a los Darkblade–. Escucha con atención, pues esta es la verdadera historia de la caída de la casa Munroe…